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Adrián

La televisión pública: ¿Capricho o necesidad?

Todo aquel que no sea Mariano Rajoy, a quien la realidad le pilló por sorpresa, es consciente de que vivimos momentos muy duros. Padecemos una fuerte crisis económica de magnitud global que está atacando sin piedad, con la venia del gobierno de turno, el famoso y poco respetado Estado de Bienestar. Una crisis que está cambiando nuestra forma de pensar, que nos ha hecho valorar el dinero público, el de todos, que hasta hace bien poco se pensaba que era de nadie. Muchos hemos incorporado a nuestra rutina diaria el severo escrutinio de en qué se invierte ese dinero que tanto nos cuesta a la sociedad, y todo aquello que no sean los ya atacados Sanidad, Educación y Servicios Sociales nos parece un despilfarro. Y uno de los destinos de dinero más polémicos es la televisión pública, materializada en la estatal (TVE) y en las numerosas y más conflictivas cadenas autonómicas, con Telemadrid y Canal9 a la cabeza. Pero, ¿suponen de verdad un despilfarro? ¿no ofrecen un servicio necesario a la sociedad? Discutámoslo:

Para empezar, conviene acordar qué significa despilfarro. Estamos de acuerdo en que todos aspiramos a tener lo mejor con el menor gasto posible, pero a nadie se le escapa que quien algo quiere, algo le cuesta. El dilema viene cuando queremos evaluar cuánto dinero merece un servicio público: nuestro sistema educativo, por ejemplo, presenta unas cuantas deficiencias, pero en general la población defiende una cuantiosa financiación de la misma porque la considera importante. Desde luego, si hemos de elegir entre educación y televisión, casi todo el mundo lo tiene claro. Pero si no tuviéramos que elegir, si pudiéramos conservar ambas cosas, ¿qué pensamos de la televisión? ¿La consideramos importante?

Si, por ejemplo, le preguntas a un murciano, puede que la respuesta sea poco entusiasta. Por el contrario, si te responde un catalán, es muy probable que descubras que tienen en alta estima su televisión autonómica. Salta a la vista el por qué: TV3 es la televisión más importante en lengua catalana, sin apenas competencia, que acapara varios programas de éxito tanto de audiencia como de crítica, y por tanto constituye un importante difusor de la cultura de la región. Por el contrario, en Murcia, cuyo sentimiento regionalista es menor que el de los catalanes, tienen una televisión poco cuidada y apreciada, y de la que de hecho van a desprenderse.

Canales que forman parte de la Federación de Organismos de Radio y Televisión Autonómicos

Por tanto, tenemos una serie de preguntas que responder: ¿necesitan todas las comunidades una televisión autonómica? ¿puede ofrecerse un servicio de estas características desde una empresa privada? ¿es viable económicamente?

Tener una televisión pública se convirtió en una jugosa promesa electoral capaz de atraer muchos votos de aquellos que consideraban que no iban a ser menos, que también querían su propia tele. Pero pese a este argumento de envidias y odiosas comparaciones, podemos considerar que la televisión autonómica realiza un servicio de difusión de la cultura regional, y por tanto contestar afirmativamente a la primera pregunta. Esta función es más evidente en las zonas con lengua propia, pero ningún madrileño menospreciará su chotis en comparación con la sardana.

Pero no sólo hemos de fijarnos en el aspecto cultural. Pese a que en cada región la cultura identitaria tiene diferente trascendencia, todas las comunidades comparten algo: suceden cosas. Es el servicio informativo el que puede inclinar la balanza en nuestro Juicio a la Televisión Autonómica. Mientras que TV3 ofrece sus telenoticies en lengua catalana muy centrados en la propia comunidad, con gran respaldo de audiencia, Telemadrid y Canal9, por ejemplo, arrastran una merecida fama de manipuladoras de la información y, consecuentemente o no, unas cifras de audiencias nada apabullantes. Privatizar las cadenas autonómicas supone vender su ya cuestionable independencia a los intereses del nuevo dueño (como ejemplo, lo que hemos conocido hoy mismo), lo que contesta a nuestra segunda pregunta. La única manera de poder garantizar una televisión cercana, rigurosa e independiente, es administrarla públicamente. Por supuesto sería necesario contar con gestores independientes, algo que desgraciadamente es imposible que se dé dentro del modelo actual.

Bien, hemos identificado su labor social (que en contadas ocasiones se practica) como difusoras de cultura y sucesos regionales, y hemos identificado la importancia de su imparcialidad, que el sector privado no puede garantizar. Pero, ¿resulta una inversión sostenible? ¿es un sector viable económicamente?

Para encontrar respuesta hay que recordar que no sólo los informativos y los programas de corte regionalista nutren la programación de las autonómicas. Programas de entretenimiento, películas y series y, sobre todo, derechos de emisión deportivos (principalmente fútbol) no hacen más que engrosar el alto coste que de por sí supone una redacción de noticias. Además, hay que considerar que algunas televisiones pagan por alimentar hasta a 6 canales diferentes, lo que dispara radicalmente el gasto. Pero, ¿Son estos contenidos necesarios en una televisión pública? Pues depende: son generalmente poco didácticos y, salvo las de producción propia, nada identificativos de la cultura de la región… pero por ejemplo el fútbol consigue grandes audiencias, lo que hace que pueda considerarse de interés público y, por tanto, que tenga cabida en un canal pagado por todos. En época de crisis nos sobra todo, pero a la hora de la verdad damos audiencia a lo que nos interesa. En el negocio televisivo, lo que no se ve desaparece rápido.

Hemos llegado a la conclusión de que, sin acercarse al valor de la Sanidad, la Educación o los Servicios Sociales, la televisión pública ofrece un servicio de cierto interés, sobre todo si resulta imparcial, independiente y económicamente eficiente, algo que evidentemente no ocurre en este país. Al contrario que TVE, las autonómicas se siguen financiando en parte con publicidad, pero ni por esas se ha evitado el enorme agujero que presentan muchas de ellas. ¿Qué podemos hacer?

Fijarnos en la BBC:

La BBC inglesa es considerada la mejor televisión pública del mundo. Lleva operando desde que la televisión como medio de masas existe y cuenta con un amplio abanico de canales y una plantilla de unos 23.000 trabajadores. Sus servicios informativos son alabados dentro y fuera del país, y su producción propia arrasa en los hogares ingleses y se exportan a multitud de países, lo cual supone una añadida fuente de ingresos: la calidad puede ser rentable.

El Ente inglés carece de publicidad. Aparte de con la exportación de sus contenidos y la venta del merchandising asociado, se financia fundamentalmente con un canon que los ciudadanos pagan por cada aparato receptor que posean. Concretamente, en 2012 pagarán algo más de 150£ anuales (unos 185€).

Y mi parte favorita: La Corporación es directamente independiente del Gobierno. La gestión de la cadena es supervisada por el BBC Trust, quien además nombra al Director General. El BBC Trust es un Consejo formado por 12 miembros, entre los que se incluyen el Presidente, el Vicepresidente y un representante de cada nación que conforma el Reino Unido, y cuyo nombramiento expira cada 5 años. Es el Consejo de Ministros quien propone los candidatos, que han de contar con un reputado currículum dentro del sector de la prensa o las comunicaciones (cosa que no ocurre en España). Por Cédula Real, revisable cada 10 años, el BBC Trust está obligado a llevar a cabo su función supervisora atendiendo al interés general y, en particular, en interés de los contribuyentes. La inviolabilidad de la Cédula Real es tal que, pese su voluntad, el actual Gobierno no tiene poder de reforma hasta que no expire en 2016.

Principales diferencias entre los máximos responsables de RTVE y BBC.

Concluimos pues que existe un modelo de televisión pública sostenible (siempre que estemos dispuestos a pagar por él), que no compita con el sector privado en el mercado publicitario y, sobre todo, que garantice su independencia. Pero en esto, como en todo, acaba haciendo falta voluntad política. Y en este país nos sobran dedos para regalar cargos, pero de voluntad andamos muy justos.

¿Lo cambiamos?

Puedes seguirme en twitter: @AdrianSdC

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