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Rafa

La apatía social

Manifestación en la calle Preciados 1976

«El siglo XXI será ético, o no será» esta inquietante cita atribuida al sociólogo francés Gilles Liptovetsky pudiera ser un buena advertencia de aquello que nos toca afrontar en los albores del siglo XXI. La crisis económica que actualmente sufrimos ha degenerado en una crisis de valores; se plantean interrogantes nuevos y surgen con fuerza otros antiguos: ¿Valoramos lo suficiente aquello que tenemos? ¿Se desentienden cada vez más los ciudadanos de sus políticos? ¿Acaso nuestros destinos están regidos por los mercados financieros?

Política y ética, economía y mass media están relacionados intrínsecamente y resulta complicado discernir los hilos conductores que mantienen un sistema hasta ahora globalmente aceptado como el mejor, el único garante de la democracia: el capitalismo. Pero, ¿cómo ha llegado el capitalismo a prevalecer como el único orden socio-económico válido? Para responder a esta pregunta deberemos remontarnos a la caída de la URSS, en 1991. Tras medio siglo de guerra fría, el capitalismo se impuso sobre el comunismo. En el transcurso de cincuenta años Occidente había abandonado las ideas del keynesianismo, fundadas en el fuerte intervencionismo estatal por las ideas de la Escuela de Chicago, el laissez faire, que provocó el Crac del 29 daba la mano al Estado del bienestar surgido tras la Segunda Guerra Mundial.

El capitalismo reaparece como modelo económico estatal en la década de los 70 hermanado a dictadores como Augusto Pinochet (Chile 1973), Suharto (Indonesia 1966) o la Junta Militar (Argentina 1976). Todos ellos contaron con mayor o menor apoyo de Estados Unidos y la CIA y todos tuvieron un objetivo común: eliminar las ideas socialdemócratas para servir de experimento al propio capitalismo. A pesar de haber traído mayor pobreza y desigualdad social en aquellos Estados en los que se implantó mediante masacres y matanzas indiscriminadas, este modelo enriqueció enormemente a selectos círculos de los países donde se desarrolló, favoreciendo que los poderes económicos impulsaran sus ideas. Eran los años 80, llegaban al poder Ronald Reagan en EE. UU. y Margaret Thatcher en Reino Unido. Había nacido la era del corporativismo. El capitalismo entraba por la puerta grande en las democracias y nadie parecía dispuesto a detenerlo.

Casi treinta años mas tarde, el capitalismo se había convertido en la única doctrina económica del mundo desarrollado y principal ejemplo de aplicación para los países subdesarrollados. La globalización a través de la acumulación de capital era la tónica dominante. Organismos como el FMI presionaban a los Estados en bancarrota para reducir salarios, privatizar empresas públicas y, en definitiva, crear un mercado global de propietarios en el que el libre intercambio de mercancías fuese el punto de apoyo. Al enriquecerse y crecer desmesuradamente, los empresarios y banqueros pasaron a representar un papel relevante en la estabilidad mundial. Se presionaba a los países para aligerar la carga impositiva sobre dichos grupos, lo que hacía que el Estado requiriera endeudarse para mantener los servicios sociales.

Este sistema se ve impulsado especialmente en EE. UU., primera economía mundial que, con George Bush hijo a la cabeza del Gobierno, traspasa la competencia última del Estado: ¿La sanidad? ¿La educación? No. El ejército. La guerra de Irak, motivada por causas económicas de fondos de inversión como Carlyle o Blackwater, cuyos accionistas eran los propios ministros del partido republicano. Creció la inversión privada en seguridad en más de un 600%. La actividad económica pasa de beneficiarse de la posguerra a beneficiarse gracias a la guerra, a las catástrofes en sí. El Estado se convierte en un mero garante del mercado y sus oportunidades financieras. Mientras, podría tomar una pequeña parte del pastel, siempre a costa endeudarse enormemente.

Toda esta estrategia, en palabras de Naomi Klein, quedaría resumida en que: «no existe prácticamente ningún acto de enriquecimiento personal que no pueda justificarse como contribución al gran caldero creativo del capitalismo porque supuestamente genera riqueza y espolea el crecimiento económico, aunque sea de unos pocos». Esta situación degeneró en tremendos casos de corrupción y de prácticas financieras irresponsables, a enriquecerse a costa de las expectativas, lo que condujo a la crisis económica de 2008. La sobrevalorización de algunos productos, tanto de mercado como de consumo, creó las famosas “burbujas”, origen de la crisis crediticia e hipotecaria, hundió a la sociedad, país a país, en una recesión económica mundial que aún hoy persiste.

Cuando los Estados utilizan el dinero público para rescatar a sus bancos, están refinanciando su deuda, lo que en la práctica implica asumir los cargos de dicha deuda. Esta “deuda odiosa” provoca un aumento descomunal del déficit público, que obliga al Estado a equilibrar el presupuesto, bien incrementando los ingresos (con impuestos, incentivando la creación de nuevo tejido productivo, etc.) o reduciendo el gasto, tal y como se viene haciendo con los recortes en los servicios públicos. Esto supone una contracción económica, que obliga a realizar nuevos recortes sociales. La crisis se retroalimenta, pues la economía no crece y esto reduce paulatinamente la capacidad de actuación del Estado.

En Europa la crisis  se ve especialmente agravada en la zona euro debido a la falta de cohesión política: el Banco Central Europeo y los países del norte, se negaban a emitir más dinero o a reducir los intereses de la financiación de la deuda (cuyo principal indicador es la prima de riesgo), lo cual provocó la bancarrota de Grecia, Irlanda, Portugal y un serio problema de deuda en España e Italia. Mientras el paro aumentaba impasible, los desencantados ciudadanos observaban incrédulos la inoperancia de los políticos, que achacan la culpa al Estado de bienestar o a los mandatos de los mercados financieros. Como una bestia insaciable, se sacrifican derechos laborales, se recortan las prestaciones sociales mientras la evasión fiscal de las grandes empresas continúa sin apenas persecución y a cambio tan solo se les pide que agilicen el ciclo económico.

Lógicamente, la sociedad se hartó. El bipartidismo era la tónica dominante en la mayoría de países europeos tras la reunificación alemana, en la que la extrema izquierda y extrema derecha se vieron reducidas a posiciones centristas: la derecha neoliberal frente a la izquierda socialdemócrata. Este sistema se vio alterado al llegar la crisis económica: en los países en que la crisis afectó de forma menor, como Francia o Alemania, continuó el ciclo del turnismo y pasó a gobernar el partido de la oposición. En casos más graves el Parlamento Europeo forzó al primer ministro a dimitir (como a Silvio Berlusconi, primer ministro de Italia) o se sufrió un descalabro electoral que culminó con el descenso de la intención de voto a los grandes partidos frente a otras opciones, la escisión de algunos partidos y la aparición de partidos nuevos, como en el caso de Grecia. Mientras, el abstencionismo y el voto nulo aumentaron significativamente.

En EE. UU. las consecuencias políticas de la crisis tuvieron una repercusión diferente. El sistema electoral estadounidense imperante desde hace 150 años excluye a partidos diferentes al demócrata o republicano, por lo que apenas queda reflejado el voto alternativo mas que, como mucho, a nivel estatal, y no en el Senado o en el Congreso. Los partidos han afianzado sus roles de defensor del Estado intervencionista (los demócratas) y el rival de defensor de los intereses empresariales (los republicanos).

Dada la incapacidad de los políticos la respuesta de los ciudadanos no se hizo esperar. Ante la impunidad de banqueros y empresas, surgen por todo el globo, de forma casi simultánea, movimientos anti-capitalistas de toda clase: reformistas, keynesianos, defensores de una vivienda digna, de la educación y la sanidad públicas. Todos ellos unidos por el mismo mensaje común: no permitiremos que los intereses de unos pocos rijan el destino de todos nosotros.

Según las reivindicaciones y la forma tomada por la crisis en cada país la protesta toma diferentes rutas: unas se centran en la crítica al sistema político, cuya representatividad queda en entredicho en una sociedad en la que las redes sociales permiten una gestión más cercana al ciudadano, la aplicación de la democracia electrónica, la celebración de más referéndums vinculantes, la derogación de la ley D’Hont o la utilización de listas electorales abiertas son algunas de las propuestas que resuenan en nuestro país. En definitiva, se pide una implicación más activa del ciudadano en la política. Otras se centran en la reforma del sistema económico, en una mayor persecución del fraude fiscal, la regularización de sueldos, la imposición de la tasa Tobin, el establecimiento de una renta básica universal o el cambio en el sistema impositivo a favor de los más desfavorecidos.

En algunos países los movimientos se estructuran como redes de cooperación asamblearias en las que no priman los líderes, sino el conjunto de activistas que protestan, que acampan frente a los centros del poder político-financiero, bien sea la City de Londres, o al otro lado del mundo frente a la Bolsa de Nueva York por el sistema financiero, o en la plaza de Sol de Madrid contra la clase política o tocando rock en la catedral de Moscú para denunciar la homofobia; son el 15M, son Occupy Wall Street, Democracia Real Ya o las Pussy Riot. Sería imposible mencionar a todas las asociaciones que defienden nuestros derechos, que coordinan y canalizan de manera generalmente anónima las protestas contra todo tipo de injusticias con un sinnúmero de actividades y ámbitos, que propugnan por un cambio social. Son los indignados.

Mientras, en otros países, el cambio social ha provocado auténticas revoluciones, como la Revolución de las Cacerolas en Islandia, que mediante referéndum decidió negarse a pagar la deuda de forma inmediata, echó al gobierno y promovió una constitución realizada por todos los ciudadanos que deseasen participar.  Sería complicado analizar todas las implicaciones de revoluciones como la primavera árabe, pues, en palabras de Saskia Sassen: «La primavera árabe ha luchado por la democracia y aunque tal vez no sepan aún de qué modo conseguirla la claridad de sus propósitos es sorprendente: no queremos dictadores».

Respecto al papel de los partidos políticos ya existentes, la constante hipocresía de las promesas electorales y sus consecuencias han llevado a la ciudadanía a realizar un serio análisis de aquello a lo que están votando. Los partidos mayoritarios deben hacer examen de conciencia y ver que han hecho mal en lugar de rechazar o actuar de forma oportunista con los indignados. Mientras tanto, otras opciones políticas antaño de menor relevancia o nuevas aparecen inesperadamente para romper el sistema bipartidista. En Italia, los indignados se constituyeron como partido político, el Movimiento 5 Estrellas, y según los sondeos, serían actualmente la 3ª fuerza en intención de voto. Un efecto negativo es el resurgimiento de ideologías de extrema derecha como Amanecer Dorado en Grecia, que basándose en la xenofobia o el nacionalismo azuzan el odio y el miedo como estratagema política.

En plena era de la información los medios no podían perderse estos acontecimientos: retransmitieron cada protesta, cada revuelta que pudieron, pero desgraciadamente, el cuarto poder tampoco es imparcial, pues los mass media que determinan aquello que el ciudadano ve, oye y lee para formarse opiniones están controlados a su vez por poderes fácticos. Muchos fueron los medios que trataron de criminalizar las protestas, haciéndose eco de las palabras de políticos y pensadores no afines. Adaptando la realidad a las estrategias de manipulación mediática hemos tenido que pasar por consignas paternalistas que reforzaban la culpabilidad del ciudadano: “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” es una de tantas.

Esto cambia gracias a las redes sociales, en las que los ciudadanos podemos desarrollar medios de comunicación e información al margen de las redes corporativas, que permiten a los usuarios desarrollar temas fuera del discurso oficial. La difusión e intercambio de información se torna horizontal, se democratiza, todos somos periodistas y de esta manera la calle se transforma en el altavoz del descontento general. Algunos van incluso más allá, los crackers como Wikileaks o Anonymous han destapado auténticos escándalos que suelen quedar convenientemente ocultos para los mass media.

La sociedad ha dado su respuesta colectiva al sistema establecido, pero ¿somos consecuentes con aquello que pedimos? Hay quien se desgañita pidiendo solidaridad en las manifestaciones, pero luego es incapaz de mover un dedo por su vecino. Parece estar por un lado aquello que pensamos y defendemos como sistema de valores y al otro lado aquello que hacemos. Y eso no puede ser, las implicaciones éticas de pedir un cambio a nivel colectivo han de pasar por un cambio a nivel personal, «Se el cambio que quieras ver reflejado en el mundo» decía Gandhi, pues en la sociedad actual podemos observar que el consumismo ha reducido las expectativas de colectividad, ha restado importancia al espacio público, convirtiéndonos en seres altamente hedonistas y narcisistas. El desencanto con nuestros representantes es cada vez mayor, la abstención continúa creciendo, pero a pesar de ello no hay movimiento que convenza a la masa crítica necesaria para iniciar un cambio, porque a nivel personal el cambio no existe.

Debemos pues asumir nuestra parte de culpa en la estructura del sistema actual: la inercia nos ha permitido centrarnos en el “yo” mientras millones de “aquellos” eran expropiados de sus más básicos derechos humanos, no solo ahora, en África esto lleva pasando desde la descolonización, la diferencia es que ahora los desposeídos están  a la puerta de nuestras casas, podemos incluso ser nosotros mismos. Y es que dos premisas han de estar presentes en nuestra mente: la primera es que no necesitamos líderes, queremos representantes de la voluntad popular, debemos vigilar que se cumpla a nivel mundial de forma efectiva la segunda premisa: los Derechos Humanos. No se trata de debatir acerca de si es necesario una reforma, una ruptura o una revolución, simplemente hemos de habilitar los mecanismos para la máxima extensión en la garantía de los Derechos Humanos. Para ello hay que aplicar el “Think globaly, act locally” (Piensa globalmente, actúa localmente) librándonos así de la apatía social, perdiendo con ello el temor a asumir responsabilidades y, en definitiva, ser libres. En palabras de Charles Chaplin: «La vida es maravillosa si no se le tiene miedo».

Infografía: 

Chomsky, Noah: Las 10 estrategias de la manipulación mediática. http://www.educacionmediatica.es/?p=1495

Miller, Toby: El análisis de las redes sociales. http://forodelasciudades.com/?p=116

Delgado, Manuel: El espacio público asusta.  http://lavaca.org/notas/manuel-delgado-el-espacio-publico-asusta/

Bibliografía:

Klein, Naomi: La Doctrina del Shock: El Auge del Capitalismo del Desastre. Ed: Paidos.

García-Rosales, Cristina. Penella Heller, Manuel: Palabras para indignados: Hacia una nueva revolución humanista. Ed: Mandala Ediciones.

Lipovetsky, Gilles: La era del vacío. Ed: Compactos Anagrama.

 

@RevoltRafa

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Acerca de Revolt Rafa

Ex proyecto de ingeniero civil y territorial. Actualmente en un doble grado derecho-políticas en la UC3M. Intentando ser el cambio que quiero ver reflejado en el mundo. @RevoltRafa

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