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Burri

La izquierda en el cruce

Hace ya rato que hace demasiado frío para estar sentado en Neptuno. Son poco antes de las 9 de la tarde, y estamos inmersos en una nueva convocatoria de la Coordinadora25S ante el Congreso de los Diputados, esta vez un sábado 29 de octubre. Los compañeros del 15M de Valladolid, que se han desplazado tres veces a manifestarse a Madrid este otoño (con pueriles identificaciones y registros a los autobuses) amenizan la espera para el minuto de silencio y la asamblea final de la acción con su “baile indignado”.

Por alguna razón tuve la sensación de sólo haberlo visto y oído yo, pero un hombre de mediana edad que pasaba hacia el interior de la concentración dijo claramente: “así no se hace la revolución“.

Una semana antes Galicia había votado en sus elecciones autonómicas. Más allá de la victoria de Feijóo, que le reforzó como hombre de relevancia en la derecha española, fue importante el resultado de la coalición de Esquerda Unida, Equo, Ecosocialistas Galegos y Anova, el partido que incorpora a Beiras y a otros destacados exdirigentes del BNG tras las escisiones de este año. El avance que registraron sobre el PSOE fue tal que le superaron en ciudades como Santiago de Compostela o A Coruña. Algo que recuerda al sorpasso de Syriza sobre el PASOK en las grandes ciudades griegas en primavera, que se hizo definitivo y extensivo a gran parte del país en las elecciones de mediados de junio. Circunstancia que, de nuevo, no impidió que la derecha ganara esos comicios.

¿Qué tiene que ver esto con lo otro? Son dos puntos muy concretos en la enorme encrucijada de la izquierda europea. No tiene sentido hablar de fronteras en este caso porque los problemas y las soluciones pasan por directrices comunes.

Los caminos

La socialdemocracia, esa tendencia que se convirtió en el fósil de la izquierda para esa falsa fotografía de “fin de la historia”, vive una crisis definitiva, cada vez más profunda a medida que la crisis económica se ceba con los asalariados europeos. La incapacidad de aportar soluciones que no pasaran por una fuerte contradicción de sus principios, muchas veces plasmados en programas electorales, le ha alejado de la confianza de los ciudadanos. Que no se engañe el PSOE por tanto, sí es cuestión de ideas, independientemente de las caras. Como ya advierten algunos de sus militantes.

Más a la izquierda (o ya en la izquierda), los partidos herederos de las ideas eurocomunistas de la década de los 70, como Izquierda Unida en España o el Front de Gauche en Francia, no han sido capaces de rellenar el hueco heredado por los partidos europeos autodenominados socialistas, posiblemente por pereza y por falta de acuerdo interno (de cada debate y roce se acaba sugiriendo como conclusión el exceso de heterogeneidad). Han oscilado entre el pactismo con esa socialdemocracia que en realidad bajaba impuestos a ricos o comenzaba a privatizar en cachitos los servicios públicos (este comedor de este colegio, esta lavandería de este hospital) y acciones rupturistas aisladas que nacen como exabruptos carentes de un planteamiento claro (pongamos el ejemplo de Gordillo). Y así les cuesta horrores pasar del 10-15% de los votos y de un número muy modesto de afiliados.

Es obvio que sectores más ortodoxos, como el KKE griego o los grupos comunistas españoles emancipados de IU, han sido incapaces de distinguir entre objetivos y punto de partida, renunciando a la pedagogía hacia una conciencia de clase. En mi opinión, el error que les margina entre las opciones de la izquierda es pensar que actúan sobre un pueblo concienciado, al que un simple cartel o pintada va a convertir en revolucionario. El consumismo y sus derivadas son un opio potente instalado entre las “clases medias” e incluso en las claramente obreras. Esta situación se agrava si la educación general y las corrientes de opinión dominantes cuestionan continuamente tanto medios como fines. Vivir concienciado es una pesada carga, pero lo es aún más si tus motivos y objetivos no se atienden ni se entienden desde fuera. Por tanto, hay un fuerte desgaste para aquél que no cuente con la realidad social.

Por último, en la pretendida transversalidad, se sitúan los movimientos de protesta desde 2011 con el referente del 15M español exportado con mayor o menor éxito al resto del continente. Un estallido que precisamente ha ido allí donde faltaban las otras izquierdas: la creación de conciencia de clase engañada y explotada por encima del resto de objetivos. Aunque hay formas de acción mediante la desobediencia civil (StopDesahucios, Centros Sociales Autogestionados,…), es la pedagogía la que centra las fuerzas del movimiento y sus alrededores . Esto sin duda retrasa los posibles objetivos de la movilización, los que suponen un cambio real, o en los términos en los que hablamos en esta entrada, un avance en la lucha de clases. Mientras surgen iniciativas que van recogiendo apoyos al renovar esa izquierda eurocomunista con las ideas surgidas en estos movimientos (Syriza en Grecia, Alternativa Galega de Esquerras el #21O,…), sigue habiendo reticencias más allá. La crítica desde la auténtica izquierda que ya estaba antes (representada fundamentalmente por el bloque que describíamos como ortodoxo) se ha centrado en dos aspectos: uno es la ineficacia (que incorpora la cuestión del pacifismo, por ejemplo) y otro es el alcance de la inclusividad y sus necesidades. Todo ello, sintetizado, va implícito en la interpelación del tipo que asistía a Neptuno: ¿significa esta larga parada en la concienciación que estos grupos hayan renunciado a la lucha de clases?

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Sol a mediados de junio de 2011.

Rotundamente no.

Los discípulos de Marx y Weber han marcado las dos formas fundamentales de entender la evolución de la problemática de las clases sociales. Confluyen precisamente en reconocer que las clases han cambiado: la contraposición entre burguesía y proletariado, clara en el siglo XIX, ha ido desdibujándose, esencialmente por el acceso de los trabajadores a la propiedad mediante el endeudamiento (dando lugar a las clases medias). Pero más que desdibujarse de forma auténtica, la polarización ha permanecido escondida gracias a la fiebre consumista y la globalización. Los datos demuestran que el dominio de una clase poderosa sobre el resto se ha mantenido: a pesar del surgimiento de una clase media, la desigualdad entre el más pobre y el más rico no ha dejado de crecer. Además, las democracias se han convertido en una máscara de decisiones impuestas por organismos superiores. El consumismo basado en la deuda ha sido un negocio redondo para los grupos que lo promovieron, hasta que quebró estrepitosamente en 2008 con la caída de los sistemas piramidales de hipotecas en EEUU. Se llevó por delante bancos, aseguradoras y promotoras inmobiliarias. Siguen sin embargo relativamente intactas estructuras en esa línea, como la estafa de la obsolescencia programada o el control de las patentes farmacéuticas.

Hablamos ahora de nuevo de esa contraposición porque las evidencias del día a día hacen que el límite resurge con fuerza, con distintas motivaciones pero en el mismo lugar geométrico. De este modo, las clases medias van a parar al lado “proletario”: se rescatan bancos, concesionarias de autopistas, grandes empresas de todos los sectores sin ningún tipo de pudor mientras las cleptocracias inundan Europa aplastando con represión a quién ose denunciarlas. En el otro lado tenemos desahucios, paro galopante, extinción de servicios comunes por deudas que no hemos elegido contraer, aumentos de impuestos regresivos, desesperanza en aumento para el Tercer Mundo y sobretodo, mucha culpabilización: “por encima de nuestras posibilidades”. El cambio de circunstancias es clave. Cualquier actualización de la lucha de clases tiene que pasar por un análisis fiel a la realidad. La izquierda no puede dejarse engañar por coincidencias: a pesar de que vuelva la polarización y la separación esté de nuevo donde resolvió con acierto Marx, su contexto y sus orígenes son suficientemente distintos para no cometer la ingenuidad de tomar al Manifiesto como un recetario de aplicación en 2012. “La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir”.

Sabiendo ya que no todo es tan fácil como repartir un libro en cada esquina de nuestras calles, lo cierto es que es absurdo pensar en cómo consumar un proceso destituyente de los de abajo contra los de arriba si muchos de los que se suponen participantes del mismo no saben de qué se trata. Por eso, claro que la acción más importante que cabe hoy es la concienciación. Simplemente es condición sine qua non para afrontar con suficiente fuerza esas acciones que reclama el que ve parálisis en estos movimientos. También bailando.

Decidir de antemano una forma de acción tiene como consecuencia que aquel que piensa en sumarse a la causa se la encuentra como un paquete cerrado que tomar o desechar. La inclusividad prácticamente sin límites, reflejada en los métodos asamblearios, puede desvirtuar los fines y crear bucles que no llevan a ninguna parte. Varios episodios en la corta historia del 15M lo atestiguan, especialmente el de la decisión de levantar la acampada de Sol en verano de 2011. Sin embargo, que estemos todas las personas que vienen de abajo parece necesario para el éxito. Valorar una acción es muy complicado si no la sientes como tuya desde el minuto uno.

Por eso, a otoño de 2012, la lucha de clases tiene que seguir siendo concienciar a esa clase que tiene que iniciar la destitución de los poderes que la manejan. Para “luchar, crear, poder popular” es necesario el “vamos despacio porque vamos lejos”. Dos lemas, y a veces dos izquierdas, que tienen que sumar en el debate hasta confluir, recargando a una de realidad y a otra de definición.

Para que cada vez se pueda ir más rápido.

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Acerca de Burri

Estudiante de Ingeniería de Caminos para dedicarme algún día a la movilidad y planificación urbana. Mientras, involucrado en intentar contar y cambiar las cosas. El bien común, la democracia abierta y la educación crítica vencerán pronto.

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