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Rafa

¿Cuánto más estamos dispuestos a aguantar?

Follow your dreams, CANCELLED

¿Cuánto más estamos dispuestos a aguantar? Es una pregunta que todos nos hacemos hoy día. Cuánto aguantaremos con los recortes en sanidad y educación, cuánto aguantaremos la precariedad laboral, cuánto aguantaremos los escándalos diarios que salpican a nuestros dirigentes, cuánto aguantaremos con una sociedad en la que se prioriza el toreo a la tertulia, en la que hay más IVA por comprar un libro que por obtener una entrada de fútbol. Hay algo que no funciona en nuestro país, en nuestro mundo, cuando la violencia se ejerce en todos los ámbitos en los que se mueve la población, desde las instituciones del Estado, pasando por las empresas privadas, hasta en las escuelas y entre los individuos, nada ni nadie se libra de verse acosado constantemente en formar parte del sistema que se nos impone por imperativo categórico, en el que cualquier disyunción con lo establecido te excluye de ser digno de la felicidad, de tener el tan idealizado “éxito” prefabricado que aparece en nuestras televisiones.

Y es que está mal vista la disyunción. Nacemos para acumular dinero trabajando y eso por fuerza nos ha de hacer felices. Punto. Desde la escuela se nos incentiva para la competición, estandarizándonos en edades, en programas formativos que matan la creatividad y la relegan al plano del ocio, eliminando desde niños cualquier sueño, cualquier idea que no aparezca en los cronogramas de Bolonia. No hacemos aquello que nos realiza, nos inculcan que ES lo que debemos querer. Eso es violencia formativa. Dícese que John Lennon, cuando tenía 5 años en el colegio le preguntaron que qué quería ser de mayor, y él escribió «feliz». Le dijeron que no había entendido el ejercicio, él, supuestamente, les dijo que ellos no entendían la vida. Más allá de esta anécdota, probablemente falsa, podemos extraer la filosofía que hay, y había, detrás de aquel cuadriculado profesor: “no puede ser, confórmate con lo que hay, porque más allá de lo que te ofrezco no podrás existir”.

Por supuesto, la violencia continúa más allá de la educación. Nadie tiene derecho a obligarnos a morir, ¿verdad? A nadie le cabe en la cabeza que una persona nos fuerce a ponernos una pistola en la sien y disparar, ¿no es cierto? Bien, y ¿qué me decís de morir ahogado? Tampoco es concebible, pero ¿y si hablamos de morir de hambre, de frío? Ahí los términos adquieren otra dimensión. O trabajas, o mueres. Es obligatorio, no existen alternativas. Hemos de aceptar aquellos empleos que nos ofrezcan, en puestos para los cuales estamos sobrecualificados, infravalorados y sobreexplotados. El licenciado no puede encontrar trabajo, porque otros, quizá con peores resultados, pero con sustancialmente mejores contactos, han copado los puestos que, de funcionar realmente la meritocracia, serían de personas responsables, y no víctimas de amiguismos, de yernísimos. Al trabajador que muestra iniciativa se le relega, aquí no se viene a pensar, eres un autómata, parte de la maquinaria, para algo existe la jerarquización en la empresa, has de tener en cuenta que tu opinión y tú experiencia no vale nada. Y finalmente sobreexplotados, porque se obliga a trabajar excesivas horas, por un salario miserable que no cubre el coste de las horas dedicadas al empleo, durante un número indeterminado de años. Quizá con la próxima reforma laboral vuelvan a aumentar la edad de jubilación, para que continúe la fuga de cerebros de nuestro país, o se aumenten las horas de trabajo, para evitar la creación de nuevos puestos de trabajo, de que tengas tiempo para descansar y poder ser consciente del yugo al que te someten, o se precaricen aún más las condiciones de despido, de manera que desde la CEOE se pueda continuar afirmando: “¿por qué establecer salarios mínimos? Si el empleador pone un salario demasiado bajo, al empleado no le interesará trabajar, todo queda regulado por la mano invisible de la economía”. Y eso, es violencia laboral.

De esta manera nos encontramos con que somos educados para renunciar a nuestros sueños, para despertar en un sistema que, en cualquier caso, impide de igual manera su realización. A esto se le conoce como violencia estructural, aquella que no permite la satisfacción de las necesidades, tanto de nuestro bienestar físico como emocional. De esta manera se legitima, a través de las estructuras institucionalizadas de nuestra sociedad, se nos reprime (educacionalmente “alienados”) y se nos explota (a través del trabajo, al cual se nos obliga a acudir so pena de muerte) Estamos pues, atrapados por un sistema basado en formar cadenas humanas de montaje, en las que el pragmatismo ha aniquilado el pensamiento.

Pero, regresemos a la pregunta inicial: ¿cómo estamos permitiendo esto? ¿Por qué no cristaliza la indignación, una justicia social canalizable que traslade el malestar social hacia un cambio allá donde se nos presupone soberanos? Bien, es fácil. Encended el televisor. Aquí acaba la explicación. Sencillo, ¿verdad? Se nos bombardea constantemente con imágenes de personas felices que nos instan a consumir para saciar nuestras necesidades, sean del tipo que sean. Dijo Banksy: “We can’t do anything to change the world until capitalism crumbles. In the meantime we should all go shopping to console ourselves”. (No podemos hacer nada para cambiar el mundo hasta que el capitalismo se venga abajo. Mientras tanto podríamos todos ir a comprar para consolarnos) Esto es extrapolable para cualquier fin. No sueñes, compra algo, encuentra un sustitutivo de tus anhelos. Ante todo, recuerda tú educación: “No cuestiones la realidad. Las cosas son como son por algún motivo, plantearse algo diferente hará que fracases”.

¡Vaya, parece que la vida que hubiera deseado no está disponible!

Resulta interesante observar como nunca, jamás, veréis que se hable en las noticias de un tema de manera continuada. ¿Alguno recuerda una noticia que le escandalizase hace un par de meses? Es improbable. El flujo, la riada de información es constante, nos llegan tantas noticias que el telespectador queda insensible ante aquello que sucede delante de él, e incluso se ignoran aquellos asuntos que realmente podrían ser transcendentales para nuestra vida por localismos, sensacionalismos y sensiblerías insustanciales al final del telediario. Se nos manipula y vapulea para que consintamos nuestro propio sometimiento.

Hay que asumirlo: la “cultura” de la comunicación de masas es deficiente, y para el ojo crítico quizá tan aberrante que parece buscar el fin contrario que se le presupone. Se vive una tendencia en la cual el ocio, ligado a evadirse del mundo se fusiona al concepto de  cultura, ya que al estar está proscrita al trabajo, se asimila al tiempo libre, y a través del binomio cultura-ocio nace la antiilustración, en la cual se educa, pero no para ser libres, sino para el sometimiento: no leas, no vayas al teatro, no debatas, busca el humor fácil, trata de ser efímero, mira un reality, sal a emborracharte, a bailar a la discoteca, pero sobretodo NO PIENSES. Hay que diferenciar entre el ocio y la cultura, no son excluyentes y evidentemente pueden combinarse, pero desconfía de todo aquello que invite a despreciar la inteligencia y premie la estupidez, que legitime la desigualdad o caricaturice al marginado. Esto, queridos lectores, se conoce como violencia cultural.

Así, la violencia estructural es aquella que crea un sistema material que previene la desviación y genera individuos “normalizados”, que buscan alcanzar un éxito estandarizado, fomentado por unos valores basados en la violencia cultural que marginan al diferente en el que priman las apariencias, lo formal frente a lo sustantivo, lo efímero ante lo trascendental. Pero, lógicamente, no toda violencia ejercida contra los individuos genera una masa informe y apática. Es paranoico y esquizoide pensar que realmente el fin es volvernos ignorantes. La ignorancia, el desconocimiento, es el medio utilizado para que continuemos fomentando un sistema regido por el falso supuesto del crecimiento infinito, en el que la verdad colectiva se impone a la verdad absoluta y donde el miedo al caos nos mantiene inmóviles. ¿Cabe pues, solución? La respuesta es incierta, sin embargo, la búsqueda de soluciones es la única que nos puede permitir llegar a una solución, a otra forma de ver el mundo. “Seamos realistas, planteemos lo imposible” dijo el Ché, pues es la resignación el silencioso motor que nos ha traído un mundo desigual, injusto y violento. Hoy asistimos a la pugna de recuperar ideas otrora inviables y unirlas a las nuevas para buscar algo mejor, así pues quizá la pregunta no sea cuánto más estamos dispuestos a aguantar,  sino cuánto más podrá aguantar el sistema si comenzamos a pensar, a tomar conciencia de que los problemas sí son cosa nuestra, que la clase política no es otra sino la que elegimos, no somos meros sujetos pacientes y que si nos lo proponemos, podemos hacer las cosas de otro modo, hemos de ser valientes y responsabilizarnos con el cambio que queramos ver en el mundo. Ya hemos empezado, en las calles se vive la renacida reivindicación por los derechos humanos y medioambientales y hacerlos realmente efectivos. Y esto se teme, pues todo cambio implica la renovación o la sustitución de las estructuras existentes, por eso el sistema, a través de sus brazos ejecutores, ejerce la violencia directa con los transgresores, buscando eliminar aquellos vectores del cambio y las conquistas sociales que tanto tiempo costaron. Esta, es la violencia directa. Así pues, es el momento de informarse y tomar una decisión. En palabras de Desmond Tutu: “Si en situaciones de injusticia te muestras neutral, has elegido el bando del opresor”.

@RevoltRafa

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Acerca de Revolt Rafa

Ex proyecto de ingeniero civil y territorial. Actualmente en un doble grado derecho-políticas en la UC3M. Intentando ser el cambio que quiero ver reflejado en el mundo. @RevoltRafa

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  1. Pingback: ¿Cuánto más estamos dispuestos a aguantar? - 4 de marzo de 2013

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